Ellas, la resiliencia.

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Me despedí el jueves de San Francisco con la promesa de volver. Tomé la decisión de irme en autobús, pensé que si ya he viajado en buses por Latinoamérica por largos trechos, no podía ser peor. El primer tramo desde San Francisco a Los Ángeles fue bastante positivo, a mi lado viajaba un japonés, un par de personajes bizarros iban en el mismo bus, un chico que parecía Will Smith en El Príncipe del Rap, una Mallory Knox en estado de alta quemazón y un Kurt Cobain un poco menos guapo.

Esas primeras horas me hicieron recordar porque me gusta viajar por tierra, me gusta porque descubro más del lugar, me gusta porque me encuentro con gente que es mochilera, o más sencilla y humilde, me gusta porque tengo oportunidad de ver otra cara del viaje, sin embargo jamás me imaginé que la historia cambiaría de color cual Adaptation con Nicolas Cage.

Todo empezó a cambiar cuando llegamos a LA, el target del bus se inclinó hacia un lado muy distinto. A mi lado se sentó una mujer con un bebé. Al pasar las horas y ante el primer retén que tuvimos que pasar me di cuenta que tenía un grillete en el pie derecho y que se asustó cuando vio subir a los policías. Le pregunté si estaba bien, me comentó que había cruzado de manera ilegal, y ahí comenzó otra cara de la historia.

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Inmediatamente recordé aquel viaje que mi madre y yo hicimos cuando yo tenía 12, ella ya vivía en Caracas y me había ido a buscar para que pasara vacaciones con ella en Caracas, nos fuimos en bus hasta Cúcuta, y ahí me dijo, apréndete esta cédula es Charlotte la hija de una amiga, te vas a hacer pasar por ella. Yo obvio, no entendía nada. Mi madre no me había hecho la visa para poder cruzar hasta Caracas así que mi entrada era de manera ilegal.

Empezamos a conversar y fui conociendo su nombre, más sobre su país y la cantidad de días que llevaba viajando sola con su hijo de apenas 10 meses de edad. Hasta ahí todo iba bien. En Phoenix nos bajaron del autobús en la terminal, una terminal nada bonita, donde no había información, ni grandes beneficios. Allí estuvimos un par de horas,  para ese momento ya llevaba unas 24 horas viajando, estuvimos esperando el próximo transporte, que nos llevaría, después de muchas paradas, a Dallas. En el autobús viajaban varias familias de inmigrantes latinos, una buena dosis de fumadores americanos y yo.

Cada vez que el conductor explicaba algo yo traducía el mensaje.  Al llegar a Dallas tuvimos que pedir el cambio del boleto, ya era Sábado al mediodía.  Ayude a todos para explicarles lo que teníamos que hacer. Como la mayoría teníamos la misma ruta, me pidieron que encabezara la tarea. Al llegar al mostrador y pedir el cambio me dice la mujer en una actitud poco amigable, que mi próximo autobús saldrá el Domingo a las 8:00 de la noche.

WTF! Quería decir que tenía que esperar 30 horas para tomar mi próximo viaje y aún sin los retrasos me faltaban más de 20 horas mínimo para llegar, traté de hablarle a la mujer, insistir en que nos debían una disculpa y una solución, mientras más le hablaba más se enojaba. Ya vete me dijo, no hay nada que hacer. Mientras tanto todos los que esperaban una respuesta de mi parte, empezaban a entender que algo no muy bueno estaba pasando. Les dije: dicen que salimos mañana a en la noche, nada de eso, les dije nos vamos a quejar y que nos traigan el bus somos más de 20 personas.

Así fue como la Carolina que algunos de ustedes han visto en acción sacó su fiera interna y comenzó a reclamar, negándose a salir del mostrador hasta que no nos dieran una mejor solución. Carolina se enoja, la mujer grita, viene otra mujer y también me grita, no entiendo bien todo lo que dicen, les digo que es su error que deben solucionarlo, me dicen que eso no es su trabajo, que nosotros perdimos el bus, le respondo que no es nuestra culpa, nosotros llegamos a tiempo, el bus se tardó, es la empresa quien tiene que responder. Se van y dejan el mostrador solo.  Empiezo a vociferar con la esperanza de que alguien se una : WE NEED A BUS! WE NEED A BUS!

La mujer vuelve a aparecer y me grita que va a llamar la policía y yo le digo, dale llámala. No estoy sacada, pero si firme. La policía llega, me  interroga, me tratan mal, me dicen que estoy armando un disturbio, le explico a la mujer policía que tampoco me escucha, solo sigue diciéndome que tengo que aguantarme hasta mañana, un hombre americano llamado Joel, se mete en la conversación y les dice que fui yo quien fui tratada de manera ruda, que las mujeres del mostrador me trataron muy mal, y en su buen inglés les explica, acto seguido los dos policías hombres se ponen de mi bando y la policía mujer me mira de reojo, como enojada de que alguien me defienda. Es horrible.

Finalmente nos dan un pasaje para esa misma noche, pero la pesadilla no termina ahí, son muchas las paradas donde nos bajan del autobús y nos dejan horas esperando, sin ningún tipo de cortesía, explicación, tampoco hay internet, ni acceso a baños limpios, es una pesadilla.

De pronto me doy cuenta que tengo una fila de seguidores, que a donde me muevo vienen detrás, sobre todo tres mujeres, Yolima, Anabelle y Marisol, madres solteras, de 31, 21 y 16 respectivamente, cada una con sus hijos, Sakura de 5, Anderson de 10 meses y Guadalupe de 2. Las tres madres solteras abandonadas por sus maridos, una de ellas violada por su padrastro, tuvieron que irse de sus países Honduras, Guatemala, El Salvador, porque las extorsionaban, no tenían oportunidad de empleo, y deseaban encontrar un mejor futuro para sus hijos.

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Cada una de ellas cruzó la frontera de una manera diferente, por el río, por Juárez, caminando, dos de ellas pasaron por La Cárcel (así le llaman a un lugar donde ponen a los que quieren cruzar la frontera) y por el albergue, una de ellas, la que más pagó, USD9.000 la dejaron para cruzar un puente y llegar a entregarse a migraciones, las tres tuvieron que pagar grandes sumas a un Coyote y tienen suerte de haber cruzado con sus hijos, no llevan más que, cada una, su mochila pequeña con las cosas básicas para sus hijos, la ropa que llevan puesta y nada de dinero en sus bolsillos, solo están rogando llegar a su ciudad destino donde un familiar las espera, mientras más nos tardamos se les termina la leche, los pañales, la comida. Las tres historias son prácticamente iguales.

Estoy sacudida hasta el tuétano, las veo llorar muy poco, las veo sonreír muchísimo, las veo abrazar a sus hijos, y veo como sus hijos las miran a ellas, idolatrándolas, los tres niños son tranquilos, ninguno se queja, no lloran demasiado, no hay malcriadez.

Llegamos a Phoenix y nos dejan esperando 8 horas más, estamos agotados, yo abro mis maletas, saco jabón, limpiador facial, desodorante, comparto todo con todas, nos lavamos los rostros, hacemos un mini spa, nos reímos, me cuentan más de sus historias, yo hago lo posible para no sentarme a llorar en frente de ellas, solo atino a decirles que las admiro, que son fuertes, que son vulnerables sí, pero fuertes, que sus hijos van a estar orgullosos. Que están haciendo lo mejor que pueden y no me refiero al “sueño americano” me refiero a esa resiliencia, que las ha llevado a moverse de un lugar donde no estaban bien, y sin importar cuánto hay que luchar están dispuestas a darlo todo por un mejor panorama, ese es el verdadero sueño que están haciendo realidad.

Hacemos un team, nos ayudamos, compro el desayuno para todos, compartimos como una gran familia, y es que de eso se trata la vida, de ser cómplices con quién esté a tu lado, de darse una mano, de abrigarse mutuamente, de aligerar la carga.

Este viaje es todo lo que está bien y todo lo que está mal, por un lado ellas dándome esa tremenda lección de vida del empoderamiento, de la fuerza interna, de la dulzura, de la calma, de la paciencia y por el otro toda la gente del servicio de buses que nos trata como basura, nos gritan, nos insultan, no nos dan respuestas y hasta nos amenazan en que si seguimos preguntando no nos van a dejar subir a los buses.

Finalmente después de 90 horas de viaje, llegamos a destino, al menos nosotras 4, nos despedimos, sus familias llegan, solo Marisol se queda esperando a su tía que viene desde Nebraska a buscarla a ella y a Guadalupe, ahí se queda, sentadita en esta estación de buses que más parece un lugar para drogadictos y delincuentes que una terminal de buses. Le entrego los últimos 20 dólares que me quedan en efectivo. Nos abrazamos.

Abro la puerta y está Madeleine en su auto esperando por mí, tierra pienso, tierra.

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