Tío Simón, por siempre.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Hoy quiero rendir homenaje a un hombre maravilloso. Ejemplo del buen venezolano, de esos hombres que se construyen con humildad, desde abajo, creciendo a punta de talento y esfuerzo, aquellos que con una sonrisa y una tonada propia nos activa el corazón y nos invita a ser mejores personas, a llevar alma, corazón, amor y buen humor por donde van.
Regresaba de análisis en el colectivo 188, por la calle Pueyrredón de Buenos Aires camino hacia San Juan y Jujuy. Venía pensando en que ahora, son demasiadas las razones para que la tristeza me invada, personales, colectivas, mundiales y entonces recibí una noticia: Bettsimar Díaz decía Con lágrimas le anuncio al país que mi amado padre, partió esta mañana, en paz.- 
 
Rompí en llanto, sin poder decirle a la persona que llevaba al lado en el autobús coño!  se murió el Tío Simón.  Estar lejos no es estar ausente. Le escribí a mi amiga Gabriela quien me dijo: – te agarró sola en un lugar donde nadie puede comprender tu dolor. –
Simón Díaz, más conocido como el tío Simón, es un icono de la música llanera; su universo compuesto de joropos, tonadas y pasajes venezolanos, logró crear un mundo en el que sólo su voz y el cuatro (esa maravilla de instrumento musical) lograban atmósferas en las que  la melancolía, la risa (caracha) y una voz única te erizan la piel y revuelven tus entrañas de sensibilidad.
Los venezolanos de mi generación crecieron viéndolo en la televisión en los años 80. Mientras tanto en Colombia había una telenovela llamada Caballo Viejo, y me aprendí esa canción porque desde el primer capítulo me llegó al alma.
A veces pienso que el corazón de uno intuye con más fuerza de lo que parece, las sensaciones  a las que va a pertenecer en un futuro. 
“Cuando el amor llega así de esa manera… uno no se da ni cuenta”, cantaba yo a todo pulmón revoloteando por aquel apartamento de una calle del sur en Bogotá, con apenas siete años.
A los 19, llegó a mí, Tonada de Luna Llena; estaba en casa de Jeremías el hijo de María Rivas (cantautora venezolana) y un domingo cualquiera, en la mañana, sonó esa canción; ahí cerquita del Ávila, esa montaña preciosa que bordea la capital venezolana. Me enamoré, me enamoré desquiciadamente de esa canción, y entonces empecé a descubrir en CD´s que compraba en la Central todo el universo simonesco.  En el corazón se me instaló el cuatro venezolano y la voz del tío Simón.
Era el año 2004 y yo trabajaba como asistente de producción en Cinesa, preparábamos un especial por los 10 años de aniversario y la labor consistía en entrevistar diversas figuras que hablaran sobre Valentina Quintero (conductora del programa) y sobre Bitácora (se emitía todos los sábados en la mañana a través del ya clausurado canal RCTV).

Hacer las entrevistas de esa edición, es uno de los mejores regalos que me ha dado la vida. Fueron múltiples los personajes que entrevisté y uno tras otro, no podía parar de deslumbrarme ante el talento y la humildad de músicos, deportistas y artistas que desfilaron durante ese mes de producción.

Sin embargo: el día más hermoso, fue el día que tuve la oportunidad de conocer al Tío Simón, recuerdo que me llevé una boina que era de mi abuelo, – por ingenua, por camaradería, por complicidad, porque no era fácil pararse frente a aquel hombre – y preguntarle cosas que no le parecieran tonterías o cometer alguna barrabasada propia de mis 23.

Llegamos al estudio en La Castellana y lo grabamos cantando, sí, ahí frente a mí, no habían más de diez personas y yo lo escuchaba cantar “La vaca mariposa tuvo un terneroooo”, después se sentó y conversamos un rato antes de prender la cámara, era obvio que yo estaba más nerviosa que él, me dijo:  -Chica, que boina más linda- y le conté que era de mi abuelo y me miró profundamente y yo sentí que me ayudó a conectarme y relajarme, su mirada dulce, su sonrisa serena y sus años marcando pausa en su pensamiento y sus acciones me hicieron entender que era una bendición tenerlo frente a mí, aún lúcido y en pie.
Y así sucedió la entrevista, mágica, dulce, inolvidable para mí. Tengo una foto guardada de los dos riéndonos con las boinas puestas. Después su hija me llamó y me pidió que lo llevaramos, yo feliz de pasar más tiempo junto a él. Nos subimos al automóvil de producción y nos fuimos todo el camino hablando “pasguatadas” y yo no pude evitarlo y me cantó, ahí, cerquitiquita, frente a mí, un pedacito de tonada de luna llena y yo – que soy muy poco tímida- lo abracé fuertemente al despedirlo, un par de palmadas en el hombro de parte de él y esa sonrisa inigualable. Lo dejé en un restaurante en Los Dos Caminos. Lo ví, subir las escaleras, tan humano, tan un abuelo, tan lejos de ser inalcanzable… lo observé abrir la puerta del lugar, como pudo, volteó e hizo un ademán cordial y caballeroso con su mano.
Muchísimas veces he rememorado ese momento, porque el corazón se me infla de alegría y de sentirme afortunada.
Cuando regresé a Colombia y la nostalgia me acalambraba el corazón, escuchaba la segunda tonada que compuso en su vida, una canción que siempre me hace sentir en casa. Tonada de luna llena se convirtió en un lugar común en mis canciones, podría decir que casi todos los días en algún momento del día, una estrofa de esa maravillosa pieza viene a mi cabeza.
Un hombre que, al morir su padre, asumió su papel de hermano mayor, vendía cachapas, periódicos, hallacas, arepas, lo que su mamá cocinaba, para levantar a sus hermanos. A los 14 años trabajaba en una bodega de repartidor y a los 15 años era el peón de un camión que llevaba los atriles, los micrófonos y las parlantes/cornetas para los bailes.
¿Qué hacía ese muchachito trabajando ahí? Ya estaba persiguiendo la música, se sabía el repertorio de todas las guarachas, pasodobles y boleros de la orquesta, un día se enferma el cantante y le preguntan al en aquel entonces llamado “Chato” si se sabía las canciones, y así , se subió al escenario, donde los nervios se hicieron de él y se le olvidó la letra, ¿qué hizo? improvisar y aplicar el humor.
Tiempo después se muda a Caracas, empieza a trabajar en un banco y al poco tiempo inicia sus estudios de música que tuvo que dejar porque el horario no le permitía combinar el empleo y la música, y como en muchos casos, hay que llenar el estómago antes que el espíritu, sin embargo, no se rindió.
Gracias Tío Simón, por tu alegría, tu humildad y tu legado. Un hombre que tuvo como bandera, la música, la copla, la risa, la alegría, la fe, la perseverancia, el buen ejemplo, la honestidad, la coherencia, la dulzura, y la paz.
Me quedo con esta frase con la que termina la primera canción que me aprendí de ti…
Por que después de esta vida no hay otra oportunidad.
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