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Se despertó a las seis y algo de la mañana. La noche anterior había dormido mucho mejor que el fin de semana pasado, la congestión de la gripe que se había pescado en el invierno empezaba a esfumarse, sin embargo todavía quedaban rastros de la pestilencia que la había acompañado por casi dos semanas. El despertador sonó, Caribe su gato negro ronroneó y se acomodó entre su barriga y su pecho, ella miró la claraboya por encima de su cabeza. Estaba nublado, el día era gris. ¿Lloverá? Pensó. Claro que no, afirmó. ¿Por qué el único día de la semana que podía dormir hasta tarde se levantaba más temprano que el resto de la semana? Esa extraña adicción a la que había regresado, ese bizarro amor, que había descubierto largos años atrás mientras andaba por las calles bogotanas. Caribe se sentía cálido, lo abrazó profundamente y se levantó. La calefacción marcaba 27 grados, miró su celular y afuera hacían tres grados. Escribió un mensaje en su celular: Hola Gustavo, buenos días! – B día C va – le respondió del otro lado el interlocutor. – Bien y tú, ya estoy casi lista- respondió ella. – Ok yo aún no salí je está horribleee-. Me tocó un pesimista pensó. Suspiró profundo, abrió la ducha y se sumergió en un baño caliente que la despertó. Se vistió, tomó sus alforjas, el casco, el cooler del agua. Te veo en la noche Caribito, dijo antes de cerrar la puerta, el gato maulló, te amo le dijo y salió de su hermoso departamento de San Telmo.

Cruzó la calle Defensa y tocó el timbre del estacionamiento, después de varios minutos, logró despertar al guardia, sacó su bicicleta y bajo por la calle empedrada hasta Paseo Colón y San Juan, el frío le calaba en los huesos de los dedos de las manos, los guantes que llevaba no cubrían los dedos. La bicicleta a la que había bautizado Romeo, ya que la primera cleta que tuvo en Buenos Aires se llamó Julieta, se sentía ligera y perfecta, la había ido a buscar a su ciclomecánico favorito el día anterior.

¿Cómo es posible que uno se someta a una tortura semejante? ¿A quién se le ocurre en la semana más fría del año levantarse tan temprano para salir a pedalear un poco más de 50 kilómetros? A ella y a 31 ciclistas más.

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Se encontró con Gustavo, que amablemente se había ofrecido a llevarla desde San Telmo hasta el punto de encuentro, no se conocían personalmente, habían coordinado vía Facebook para ir juntos, compartir los gastos de la nafta y el peaje. Se saludaron cordialmente, acomodaron a Romeo en el portabicis detrás del auto y se marcharon por la autopista vía Ezeiza. El piloto solicitó hacer mates, a lo cual ella accionó torpemente debido a su inexperiencia. A pesar de llevar cinco años viviendo en Argentina, habían cosas que aún no lograba naturalizar.

Pudo notar que el conductor no sabía cómo llegar al punto de encuentro, el cual ella también desconocía y tras varios intentos fallidos, se perdieron al menos tres veces, sintió temor de no llegar, la puntualidad es algo fundamental en este grupo para poder cumpli con los objetivos de las salidas. Envió un mensaje explicando la situación, y además de guiarlos para no perderse más, los esperaron. Respiró profundo.

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Magdalena Bonfante y Juan Campana, inmigrantes calabreses, habían llegado a Bunge desde Santa Eleodora en 1923. Una familia típica de chacareros, nobles, trabajadores, compuesta por Magdalena y Juan y sus siete hijos: José, Pedro, Magdalena, Anita, Antonio, Lorenzo y Vicente.

Campesinos Unidos

Antonio tenía 13 años cuando se instalaron en la zona de El Campesino Unido. Las tardes familiares transcurrían con tranquilidad, sus hermanos jugaban, ayudaban al padre en sus labores y a él le gustaba mucho dibujar, tenía una fascinación por pintar estructuras, trazar líneas y más adelante descubriría placer en los bocetos de castillos que marcarían su destino y la historia de González Catán, para siempre.

Años después cuando vivía en Avellaneda encontraría en las películas de Walt Disney el imaginario perfecto para sumergirse en otras realidades. Su gusto por las historias medievales,  por los objetos particulares, las estructuras, los materiales y su gran curiosidad formaban parte de su personalidad, Antonio llegó hasta el sexto grado y en su cuaderno Gloria de tapa blanda quedaron grabados sus castillos de la infancia.

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Ya de adulto hizo cierta fortuna distribuyendo alimentos. En 1977 compraría 200 hectáreas de un terreno con el fin de criar ganado ignorando que el destino de estas tierras sería muy distinto al que él había trazado; tres años después de comprar el terreno, el Cinturón Ecológico Área Metropolitana, Sociedad del Estado expropiaría su terreno para utilizarlo como un enorme basural.

La batalla de Antonio para recuperar el terreno no sería la única que lucharía, le tomó cinco años rescatar su tierra, tristemente el predio era inutilizable para ganado o cultivos. Se encontraba completamente contaminado.

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El Caden, el punto desde donde partiría el grupo de ciclistas Mountain Bike, queda cerca del  Aeropuerto Internacional Ministro Pistarini, conocido comúnmente como Aeropuerto Internacional de Ezeiza, es la principal terminal aérea internacional de la República Argentina. Se encuentra ubicado en la localidad de Ezeiza, a unos 35 km al sudoeste de la ciudad de Buenos Aires.

Al llegar pudo percibir la ansiedad por salir, estaban listos para partir en un nuevo episodio en el que descubrir un nuevo destino sería la meta. La promesa de recorrer el camino a 17 km/h la aturdía, pensaba en su última salida, donde había llegado prácticamente arrastrada al punto final, se preguntaba si esta vez podría lograrlo.

Había empezado a pedalear con disciplina, de nuevo, unos días antes. Abandonó su práctica por negocios urgentes, volvió a retomarla cuando tomó la decisión de regresar a su país de nacimiento, era hora, sin embargo quería disfrutar su última etapa en Buenos Aires en compañía de su mejor cómplice: la bicicleta.

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Hebert el organizador, con su tono de voz claro y contundente, llamó la atención del grupo y conversó sobre los asuntos a tomar en cuenta en la salida. “Es necesario que después del punto que les señale ninguno se separe del grupo, se trata de una zona peligrosa, donde roban, si alguien se cansa, o le sucede algo, cualquier inconveniente automáticamente se subirá al automóvil que va escoltándonos, por favor.” Minutos después el pelotón con el viento en contra partía por la Avenida Presbítero González y Aragón, con dirección a La Matanza.

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-Lamento informarle, Don Antonio que le queda poco tiempo de vida, con suerte tres años más. – aseguró el médico.

Antonio caminó un largo rato por la Avenida Manuel Belgrano, no hacía mucho tiempo que había logrado recuperar el terreno de González Catán, no era la única batalla dura por luchar. La frase – Le queda poco tiempo de vida – retumbaba en su cabeza.  Podría jugar golf pensaba, o viajar por el mundo, disfrutar de estos pocos años que me quedan, meditaba Don Antonio Campana.

Para cualquier persona esas palabras serían lapidarias, para Antonio se convertirían en el motor preciso para poner manos a la obra en una idea que no se atrevía a llevar a cabo. Era una etapa especial en la Argentina, hacía poco más de dos años que la democracia reinaba en el país.

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Buenos Aires es tan grande que no deja de soprenderme, pensó ella al llegar a ese lugar que parecía el set de filmación de Alicia en el país de las maravillas.  Habían pedaleado al menos 25 kilómetros, no sintió que se quedaba lejos del pelotón, se esforzó por mantener el ritmo. El frío, eso sí, le quebraba la voz, afortunadamente Andrea, una de las integrantes del grupo con la que empezaba a gestarse una linda amistad después de la experiencia de Olavarría, le había prestado unos guantes que le cubrían los dedos. Durante el camino se mantuvo en silencio, pedalear se convertía en un acto meditativo, y en estos momentos tenía mucho por reflexionar, pronto se mudaría, dejaría su Buenos Aires querida para mudarse a otra ciudad, la nostalgia empezaba a bañar todo de infinita hermosura, y así como una novia que no quiere ser dejada, la ciudad, empezaba a mostrarle su mejor sonrisa. Cuesta dejar un lugar al que has amado, partir a buscar nuevos desafíos, nada es para siempre, nada es definitivo pensaba.

Aquella ciudad que se abría ante sus ojos repleta de castillos, torres, callejones con recovecos, molinos, y casitas construida a fuerza de improvisación y creatividad ilimitada, sin una línea que marcara un camino, y sin embargo construyendo cimientos sólidos, quizás así sea la vida, uno va haciendo con retazos, armando un rompecabezas, uniendo puntos que en su flexible adaptación forman un orden para seguir adelante.

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La única casa que existía en el terreno quedaba de cuando el antiguo dueño Juan Manuel de Rosas, militar y político argentino compró la tierra en 1830. Durante los primeros meses, de sus últimos en teoría, tres años de vida, Antonio empezó a vender sus empresas, procurando un futuro para su familia y dedicándose a disfrutar del tiempo que le quedaba realizando un sueño que no tenía planificado. Antonio no tenía estudios de ingeniería ni de arquitectura, sin embargo se animó a llevar a cabo la realización de sus dibujos, sin mucho que pensar fue levantando las paredes que iban construyendo, poco a poco, una aldea que terminaría llamándose Campanópolis.IMG_5738

Al principio iba los fines de semana a trabajar en sus estructuras que parecía salidas de un cuento de los hermanos Grimm, a veces las dibujaba sobre el capot del auto, cada pared y cada detalle iba cobrando vida, tiñéndose en su contraste de mezclas de materiales y colores. Viendo acercarse el final de su vida comenzó a trabajar 14 horas, todos los días desde el amanecer, con un equipo de albañiles que dirigía personalmente. “Sólo él sabía lo que se iba a construir día a día. Podía hacer un dibujo en un papel cualquiera con una tiza, y así se lo entregaba al albañil”recordarían sus hijos más adelante.

El patrimonio arquitectónico argentino venía siendo malbaratado, rematado y demolido desde 1960 substituyéndose la rica arquitectura “europeizante” por una masiva construcción de edificios de departamentos con prácticamente nulo valor arquitectónico. Tras la demolición de los palacetes, mansiones, caserones y casonas bellepoquianas, lo importante era sacar el mayor rédito posible por metro cuadrado al menor costo para las empresas inmobiliarias, destruyéndose de este modo un rico patrimonio cultural.

Don Antonio Campana estaba en primera fila de todos los remates previos a las demoliciones en la renovación de Buenos Aires. Muchas veces ofrecía una cifra por el remate completo y anulaba a sus competidores. Tomaba por su cuenta todo el sobrante: rejas rotas, vidrios de colores, azulejos; para él cada escombro representaba un tesoro.

Así fue alzando su aldea medieval en la que hay desde materiales de la cancha de Argentinos Juniors, columnas perimetrales de las Galerías Pacífico, calles adoquinadas de cuando el asfalto se impuso en toda Buenos Aires, una escalera de la Basílica de Luján, un carro de bomberos porteño que en su momentoFullSizeRender_4 era tirado por caballos, señaladores del ferrocarril de Liverpool que venían como lastre en los barcos, semáforos de cuatro luces, tranqueras del Hipódromo de Palermo, una
campana italiana, vitrales señoriales de mansiones porteñas, dos ascensores del edificio de la Municipalidad de Buenos Aires, luces de la Plaza de Mayo y relojes de la Plaza de Retiro, un insólito universo donde el eclecticismo fue cumpliendo el sueño de un hombre al que le diagnosticaron tres años de vida y que así, como cada parte que compone la increíble aldea, tuvo mucho más tiempo de vida del que les fue trazado en un determinado momento.

El desguace del ferrocarril le sirvió en su tarea de reciclaje, haciendo un saneamiento que implicó plantar mil árboles y volcar toneladas de tierra para hacer un relleno sanitario sobre lo que fue en algún momento un basural. Toda la construcción se basaba en levantar una estructura no pensada para habitarla, de hecho, nadie dormiría allí jamás.

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Era hora de volver al Caden, era el momento de volver a pedalear con el viento en contra, la garganta seca por la gripe mal curada, y esa extraña sensación de no saber si había despertado a las seis de la mañana o se trataba de un sueño lúcido de castillos y chimeneas curvas. Iniciaron los kilómetros de regreso y aunque su espíritu quería continuar, fue necesario aceptar que no alcanzaba el rimo del resto del pelotón, el camino se alargaba y la distancia entre le último ciclista y ella se extendía. Hebert se acercó dulcemente y le dijo: “Es peligroso que te quedes atrás, es  preferible que subas al auto y llegues bien”. No le dijo ella yo puedo más, y se extendió  un par de kilómetros más, entendiendo que era tiempo, que por más que quisiera edificar la ruta, era el momento de parar, subirse al auto, rendirse y disfrutar de una buena conversación con Chiky el caballero que los escoltaba cuidándolos, reírse de ella misma, pensar que quizás el próximo viaje sería posible, realizar toda la ruta sin rendirse, o permitirse seguir disfrutando de cada momento, tal como se iba gestando, como cada pieza que compone aquella aldea, nada esta puesto al azar, pero nada estuvo planeado.

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Enfermo y con mal pronóstico la felicidad de Antonio residía en el hecho de construir, permanecer manos a la obra. Carente de un plan previo. Terminado un edificio venía otro y otro, la aldea cuenta con tres museos el de madera, el de hierro y el de caireles, todo fruto de ir improvisando sus planos a veces hasta en una servilleta. Así se levantaron los cuarenta edificios de Campanópolis armados con retazos de historia.

Campanópolis tiene pequeños barrios internos unidos por pasajes y callejones. Despierta la atención una serie de ocho estatuas humanas de acero provenientes de la Plaza de la República en Rosario, que don Campana salvó a último momento en una fundición cuando ya tenían el cuerpo cortado por la mitad. Llevan una cicatriz en la cintura. Sea tal vez una metáfora de la amenaza de muerte pronosticada y el poder de fundir en una sola imagen la esperanza de extender la vida, sea quizás la propia inmortalidad de Campana que yace reflejada en cada uno de los elementos que componen su obra.

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Puertas que dan a la nada, o quizás en una historia Burtoniana, propia de este paraje, sea posible que esas puertas que parecen no conducir más que a la inmensidad del paisaje sean la posibilidad de entrar a una dimensión distinta, aquella que solo es capaz de labrar un hombre en su profunda colección de lo que para otros no tendría valor alguno. Don Antonio se encargó de crear un mundo que te sorprende a cada paso, como si se tratara de una novela propia de la picaresca, a medida que fue desarrollando su aldea, labrando torres, castillos, chimeneas curvas, y un molino holandés del siglo XVI, se puede imaginar a Don Antonio Campana luchando cual Quijote contra el molino de viento que parecía contar los segundos pactados, que milagrosamente de tres años se extendieron a nueve que le permitieron crear este universo.

El 20 de marzo del año 2010 Antonio Campana dejaría este plano, y con él algunas de sus construcciones inconclusas quedarían intactas. No hay maestro para una obra no planificada, que pieza a pieza se iba construyendo bajo la improvisación de su creador. La batalla de Campana con el tiempo es cada peldaño puesto en esta aldea, su fantasía, un tesoro escondido en Buenos Aires. Un lugar insospechado camuflado bajo el vértigo de una gran ciudad. Es la prolongación de la vida de lo que estuvo destinado al abandono, a la renuncia. La consagración de un sueño ante la inminente llegada de la muerte.

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Al regresar a casa, a su calle Defensa se sintió afortunada, a su modo ella también era una coleccionista, amabFullSizeRender_3a construir experiencias, recorrer caminos, descubrir personas, desafiarse continuamente, soltar los prejuicios, abrazar las diferencias, Antonio Campana construyó una aldea, se quedó en un lugar levantando paredes con su particular pasión-obsesión, ella prefería seguir andando, convertir sus retazos en álbumes de imágenes, una aldea de textos donde su memoria de alguna manera permanezca, tratando de capturar la esencia de esta maravilla que llamamos vida.

Gracias.

Fotografías: Hebert Coello/Elio Ruiz/Andrea Vallone/Caro Clack

 

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