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Llueve en Buenos Aires, así como llueve cuando el corazón no canta. Mi rutina laboral terminaba y en mi mochila estaban mis zapatillas de goma. Esas Adidas que tienen más de cuatro años y me las gané a punta de artículos para la Revista Trendy. Han vuelto al uso desde que empecé a correr de nuevo, hace una semana. Pensé que había dejado de llover y dueña de mi indisciplina, me cambié las sandalias por las zapas, me quite la camisa de botones y me arengué con una remera cómoda. Cuando bajé descubrí una multitud en la puerta del edificio que esperaba que la lluvia cesara, que la combi apareciera o que el taxi correspondiente de suerte cruzara la calle Humberto Primo con Azopardo. Pasé por entre la gente, toqué el timbre del estacionamiento y sentí el pitido que te indica que puedes pasar. Saqué mi bicicleta mientras veía como las gotas se deslizaban a través del aire aumentando su grosor. No me importó. – Es la excusa perfecta para faltar al entrenamiento- me dije – seguro nadie irá – me repetí. Tomé la calle Azopardo y pedaleé, escuché a un hombre decirle a otro: -que buena bici- y me enorgullecí. Después de cruzar Independencia giré hacia la izquierda, y me sumergí en las calles femeninas de Puerto Madero. Al llegar al BAC, ya habían empezado, me uní con un paso más lento y un entrenamiento más calmo, al que hubiera procurado, de no haber abandonado durante tres meses mis carreras.

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Tuve que dar una vuelta sola por todo el parque. El sol no terminaba de caer. La lluvia se había detenido. La noche no terminaba de llegar. Entonces el cielo vestía un azul grisáceo brillante que se camuflaba entre los gigantes espejos industriales, y estaba sola. Por primera vez, no había nadie corriendo cerca de mí. No estaban los skaters pasando cerca y haciendo algún front side o un kickflip de esos que me distraen y me hacen recordar, cuando tenía 16 años y me la pasaba con mis amigos patineteros en lo que fuera el cine de Altamira, frente a la Británica, allá en nuestra ya tan cambiada Caracas, no había ningún maratonista experto pasando en un zumbido por el lado mientras rompe su propio récord, tampoco estaban la parejita adolescente que se sienta al lado de Diógenes y el vagabundo a darse besos apasionadamente, ni las dos chicas que siempre están hablando de algo en lo que la palabra canchera es lo único que entiendo, ni los de más allá que están sentados fumándose un porro o tomándose una birra. De pronto descubrí que estaba en absoluto silencio, y aprecié profundamente el nuevo gesto que tengo para mí que es el de correr sin música, por elección, por no llenarme de ruido, por descansar los oídos, y entonces corrí, corrí maravillada de ese paisaje urbano que me rodeaba y de esa impecable soledad. Regresé con el grupo y el entrenamiento tomó su curso natural, sin embargo los rayos y los truenos aumentaban, decidí que después de un par de kilómetros andados estaba bien iniciar mi regreso, manejar la bicicleta con lluvia no es de mis experiencias favoritas. Y así fue. Retomé las calles de Puerto Madero, cruce hasta llegar a Azopardo, y la lluvia empezaba a sentirse, giré en Independencia a la derecha, el semáforo de Paseo Colón me detuvo justo en la mitad de esa gran avenida, donde se vislumbra la Facultad de Ingeniería, el Mc Donald’s y la subida de Independencia que me conduce a casa. Ahí se largó. Que cosa más hermosa ver ese momento y pasar mis manos por mi rostro agradeciendo estar viva.

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La lluvia caía enloquecida, rebotando en el asfalto, y atacando al aire cual puñales de cristal. Emprendí la subida, los ojos se nublaban, el viento te movilizaba, los autos pasaban a velocidades que te crispan y observé un estacionamiento que nunca, aún cuando paso a diario por ahí, había visto. Me bajo, dejo la bici y me tomo un taxi. Ya estaba empapada. No, mejor sigo avanzando, despacito, poco a poco. Me detuve, el medidor marcaba doce, cuando normalmente marca veinticuatro, los transeúntes escondidos bajo los techos del azar, me observaban pasar, escuché a uno que otro gritar algún improperio, alguna vulgaridad. Sabía que la calle más compleja sería la 9 de Julio, normalmente cuando no llueve los autos cruzan desesperados y los que van a la izquierda que vienen por la derecha no titubean a la hora de pasar como un loco por delante de ti, no les importa nada. Esa mala costumbre del automovilista de no poder esperar milésimas de segundos y dejarte pasar, esa mala costumbre del automovilista de no entender que un solo golpecito te puede matar.

El semáforo me agarró justo antes de empezar, y ahí aparecieron ella y él, lánguidos, blancos, largos, estilizadísimos, en sus dos bicicletas cromadas en negro, divinos, regios, y absolutamente emparamados*. – Qué bueno ver a otra gente en bici – grité. La lluvia ensordecía, los rayos y los truenos aumentaban, sonrieron y el semáforo cambió, ella avanzó, yo avancé y el se quedó detrás de mí, los tres en fila atravesamos la avenida más ancha de Latinoamérica. Estuvimos en Colombia hace poco me dijo Sabrina, fuimos a bailar tango, y luego fuimos a Pereira, dijo él, es impresionante como es de hermosa la gente aún cuando tienen una guerra.

Sí – respondí – hoy justamente estaba viendo un video en el que habla una francesa que lleva muchos años en Colombia donde decía “que aunque en las estadísticas dicen que Colombia es el país más feliz del mundo, no es así, Colombia, o más bien su gente es la más alegre, y se preparan una aguadepanela con alegría y cantan y bailan salsa y le ponen el pecho a lo más difícil siempre con la mejor energía” muy bueno el video. A mí, igual, me encanta Buenos Aires – nos mirábamos los tres bajo la lluvia mientras poco a poco avanzábamos en medio del hermoso aguacero, y los veloces automóviles – Son ciudades muy parecidas – me dijo ella – lo que me impresionó fue la división de clases sociales -, – sí –  le dije – los estratos sociales son fuertes y muy marcados, a mí una de las cosas que más me gusta de aquí es que hay una gran población de clase media, las divisiones las hay en todos lados pero aquí o por lo menos en mi entorno yo no siento esos abismos, obvio que los hay, pero no los siento tanto.-

¿Y dan clases de tango? – pregunté – No, somos bailarines del ballet nacional de tango, pero te podemos recomendar a alguien.

Calle Entre Ríos. Despedida, intercambio de tarjetas, se quedan en la frutería, yo avanzo entre la lluvia inventando una canción sobre la lluvia, el tango, la luna y el corazón.

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*Palabra de uso colombiano para decir que alguien está muy mojado gracias a la lluvia.

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