XENOFOBIA

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Normalmente no hablo de este tema, en muchas ocasiones ignoro esto, trato, la mayoría de las veces, de no tomarme nada personal, sin embargo, para mí, que he sido extranjera desde los dieciséis, y que lo seguiré siendo siempre, porque cuando regreso a mi país, Colombia, me llaman venezolana, o  no me consideran absolutamente colombiana, me dicen que ya no soy de allí porque mi acento, mis costumbres, mis formas cambiaron… y sí, es inevitable, uno se adapta, descubre cosas que le gustan, aprende a cocinar, disfruta de un joropo, de un tango, de un ron, de un mate, una tapioca, un ceviche, uno llega a disfrutar tanto de otras culturas que hasta invierte tiempo en aprender a prepararlo, entenderlo, y disfruta sentirlo.

Lo que nunca entenderé es esa manía que ha tenido el ser humano en el transcurso de la historia, de creerse de un solo lugar, de esa manera en la que una bandera te representa para siempre. Y sí, entiendo la pasión por el lugar de dónde venimos, pero no comprendo porque llegamos a creer que somos mejor que otro por haber nacido en la parte a o b de un planeta entero. No es falta de nacionalismo, yo nací en Colombia, soy colombiana, lo dice mi documento de identidad, mi historia familiar, y ese pum pum que me sale del corazón cuando escucho una cumbia o un bambuco o cuando se me hace agua la boca por un tamal santandereano con chocolate caliente, pero no se me olvida que desarrollé mucho de mi identidad en otro país, del que me enamoré profundamente y se llama Venezuela, y aprendí a cantar tonadas, a subirme en una tabla de surf y de patineta, a preparar arepa de reina pepiada y a bailar tambores en una playa llamada Choroní.

A mí tampoco se me olvida que una vez tuve una casa en Los Chaguaramos y una mujer con nombre de país me enseñó a preparar mermelada, asado negro y sobre todo me entregó uno de los mayores tesoros de mi vida, que fue entender la diversidad, la pluralidad y a quitarme el ceño fruncido de las fronteras del corazón. También un día aprendí a amar a una amiga llamada Gabriela, que tiene un acento muy lindo y tiempo después me hizo recorrer con ella el centro del universo en Quito y luego disfruté de un lugar maravilloso llamado Montañita y le di gracias al universo por llenarme los pies de arena en ese mágico lugar.

Tampoco se me olvida que pasé uno de los treintayuno de diciembre más hermosos de la vida junto a mi amiga Anushka y su familia peruana que me agasajó y me abrazó, como a una hija más, en una playa llamada Asia al sur de Lima, me invitaron una de las cenas más deliciosas de mi vida, no sé si por los sabores o por hacerme sentir en casa aún cuando el día anterior ni siquiera sabían que yo existía.

Mucho menos se me olvida Bolivia, donde atravesé una de las crisis económicas más fuertes de mi vida y terminé siendo invitada a formar parte de las comparsas que celebran las cholitas en pleno mes de marzo y querían que me vistiera como ellas e hicieron todo por hacerme parte de su vida, y allí en pleno centro de La Paz un inglés y una islandesa, sin conocerme, me dieron las llaves de su casa y me abrieron una habitación para quedarme mientras lo necesitaba, sin pedirme nada a cambio aparte de mi tranquilidad.

A mí no se me olvida que una madre en Brasil me abrió las puertas de su casa y me abrazó cálidamente en una navidad. Que atravesé La Quiaca con dos brasileras y nos abrazamos de felicidad. Y es imposible que de mi memoria desaparezca el impresionante verano que pasé en bicicleta recorriendo la costa uruguaya, encontrándome conmigo misma y al final del viaje haciendo un círculo de mujeres con una brasilera, una uruguaya y una argentina.

A mí primero me tendrían que sacar toda la sangre que corre por mis venas, para que yo niegue que estoy agradecida hasta mi última célula y que me siento AFORTUNADA por tener profundas amistades con personas de mi tierra, de Venezuela, de Argentina, de Perú, de Ecuador, de Chile, de Brasil, de Uruguay, de México, de Inglaterra, de Islandia, de Bélgica, de Suiza, de Hungría, de Francia, de Italia, de España, de Australia, de Puerto Rico, de Alemania, de Rusia, de USA, de Canadá, de Costa Rica, de Panamá, de Guatemala, de Japón, de China, de Sudáfrica y perdón si se me olvida alguien de un país que no pueda recordar.

Y a mí, nadie me puede quitar el recuerdo del lugar que habito, donde encontré un hogar, donde hoy en día, sin salir a buscarlas, las oportunidades me tocan la puerta de la casa y me siguen dando la bienvenida.

Pero no todo ha sido bonito. Una vez en Caracas mis compañeros del colegio me preguntaron si traía cocaína por ser colombiana, otra vez en Bogotá escuché a un familiar quejarse porque los venezolanos se estaban mudando a Colombia. Y más de una vez en Argentina he presenciado la horrible frase: – andáte para tu país – que mala maña. Y así la digas en chiste, en broma, y en el humor que te sale de donde quieras, no deja de ser ofensivo que nos tratemos mal entre nosotros, ni de broma.

Sí, quizás soy muy rígida o fundamentalista, es verdad. Quizás me lo tomo muy a pecho, quizás. Quizás tú te lo tomas muy a la ligera y no te das cuenta que en esas palabras y muchas otras, lo que siembras es rabia, dolor, tristeza. Yo no soy dueña de nada, mi país tiene una bandera que la puso alguien que quiso dividir los territorios para tener “más” de algo, para ser dueño de algo, para sentir que le pertenecía, para tener poder, ese, del que enferma.

A mí no me habitan las fronteras, porque hace un tiempo a punta de golpes y cicatrices, tuve que aprender con humildad, limpiando el piso de un bar descalza, cantando en el subte para ganarme unas monedas, recordando a mi madre con dos hijos y sin plata mudándose a otro país echando pa’lante y viendo que nuestras tierras están colmadas de inmigrantes, que no era dueña de nada y que tampoco quiero serlo.

Quizás, lo único que me pertenece, es ésta, mi palabra, mi invitación a que reflexiones tus palabras y las tuyas, y también las tuyas, y ojalá puedas ser consciente del poco valor agregado que le da esa actitud a tu vida y al entorno. La xenofobia, aún vestida de broma, es una cámara de gas que habita el alma. 

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