Economía colaborativa: sinónimo de confianza.

“Life is about people, everybody’s got a story, makes me want to take Uber every day just to hear them.” My Uber Drive, Bob Lefsetz.

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Hace unos cinco años, cuando hice mi viaje por Latinoamérica entendí profundamente que ayudar y ser ayudado es una de las mayores bendiciones que te brinda la vida. Durante mi recorrido por Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Argentina, viajando sola, encontraba en cada autobús y en todas mis paradas, alguien que quería enseñarme, acompañarme y guiarme en mi ruta; yo me sentía afortunada de poder ofrecerle algo de mí, de contarle algo sobre mi cultura, cocinar algo que no hubiera probado, mostrarles bandas musicales de Colombia o Venezuela, en fin. Uno de los momentos más cruciales de mi viaje fue en La Paz, cuando me robaron y tuve que resolver mi vida por varios días sin plata.

No había posibilidad de trabajo en ningún lugar a cambio de una cama para dormir, por lo tanto me temí lo peor, Ed era el Bar Manager del último hostel donde tenía puestas mis esperanzas de poder encontrar una cama sin tener efectivo, lamentablemente ahí no había ninguna posibilidad de encontrar un empleo, todo estaba copado.

Puedo verme, en perspectiva, con mi mochila, mi cabello decolorado casi blanco en ese momento, unas botas rosadas Dr. Marteens, cero maquillaje, puedo verme desplomándome en el asiento del lobby, desesperada sin saber qué hacer, después de haber caminado durante muchas horas buscando una solución a mi crisis que empezaba a dejar de ser económica con una gran proyección a terminar en un panic attack.

Wait please – dijo Ed. Lo observé durante unos minutos mientras hacía varias llamadas telefónicas y finalmente lo escuché decir: Can you go to Sun&Moon’s Coffe in the city town right now for an interview?. Leave your backpack here and come back later. Mi mochila era lo único que me quedaba, no tenía más que ropa y un par de libros.

Lo único que podía hacer era confiar.

Sí me habían robado, sí estaba viajando sola por países que no están libres de violencia y peligro, sí me sentía víctima de una situación negativa, pero tenía que seguir confiando. Caminé hasta el centro de la ciudad, me entrevistaron y empezaría al día siguiente como camarera. Regresé a buscar mi mochila y pensé que iría al hostel más barato que se llama El Viajero y al día siguiente pagaría. Al regresar Ed me esperaba.

Ed se parece mucho a un integrante de una banda tipo Limp Bizkit o Cypres Hill, es un tipo grande, calvo con barba  y bigote, mirada seria. Y creo que tiene tatuajes, o no?. Ya no me acuerdo. Intercambiamos palabras, él a pesar de vivir hace muchos años en Bolivia no habla español, y para ese entonces mi inglés era nulísimo. Le dije que tenía el empleo, le di las gracias y él tomó mi mochila y me dijo, ven conmigo. Ante mi mirada, él actuó rápidamente y mientras me hablaba la recepcionista del bar me traducía: “Dice que te quedes tranquila, él vive con su novia, puedes ir a su casa esta noche mientras pasas la situación del robo y así no tienes que pagar una habitación.” 

Así fue como pasé prácticamente un mes en casa de Ed y Karen (su novia islandesa) donde no tuve que pagar un centavo, me dieron las llaves de su casa, me brindaron un cuarto de huéspedes, ellos aprendían español y yo inglés, les cociné arepas con polenta, vimos películas, y compartimos un tiempo muy bonito mientras yo recuperaba mi pasaporte y solucionaba mi situación económica. Ellos me contaron de Couchsurfing, la primera red que conocí de este estilo.

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Un año después, ya viviendo en Buenos Aires, me abrí una cuenta y en mi casa de ese momento, un pequeño monoambiente sin mucha luz ni lujo, se hospedaron varias personas de la comunidad de Couchsurfing, un ecuatoriano, una danesa, un húngaro, un brasilero, Alex un canadiense que hizo todo el continente en bicicleta y Hind una periodista-escritora francesa con la cual tracé una hermosa amistad. Sentí que podía retribuir parte de la amabilidad que me dieron Ed y Karen en su casa, además de conocer personas diferentes y compartir experiencias.

Cuando me mudé a San Telmo, al departamento donde vivo, que es muy apropiado para los turistas me abrí una cuenta de Airbnb, pero sólo hospedé a una chica italiana, un tesoro de la vida, una joven artista que ahora vive en Buenos Aires y con la que también he generado un vínculo chévere, no seguí usándolo porque siento que es más para alquilar el depto completo que para compartir un espacio en tu propia casa.

Airbnb fue creada como una alternativa al sector tradicional del alojamiento de personas y amenaza el poder que ostentaban los hoteles, hostales y pensiones. En la web podemos encontrarnos con 600.000 habitaciones y apartamentos en todo el mundo, que sus propietarios alquilan a turistas por precios más bajos que los de los hoteles a la vez que ofrecen una experiencia, más cercana y personalizada. Fundada en 2008, ha conseguido más de 326 millones de dólares de varios fondos de capital  y ha alcanzado una “valoración superior” a la de cadenas hoteleras como Hyatt, InterContinental o NH Hoteles. A través de la web se han gestionado más de “11 millones de pernoctaciones”.

Hace unos días me descubrí en una llamada telefónica con mi padre – que vive en Bogotá – donde él, que fue gerente de un banco, y que ahora a sus casi 60 años se enfrenta a un mercado laboral que no le ofrece grandes posibilidades, donde me contaba que el negocio de administración que emprendió con dos de sus grandes amigos no le estaba generando beneficios. ¿Papá en qué eres bueno? le pregunté… se quedó callado… ¿Papá qué es una de las cosas que diariamente amas hacer? el silencio continuaba. Le dije: Siempre te escuché decir que cuando dejaras de trabajar en el banco abrirías un restaurante -… Sí hija, pero los costos, el sacrificio…-  -¡Claro!- le dije – pero las cosas han cambiado, ahora no tienes que abrir un restaurante, puedes hacer cenas temáticas, tienes el talento, está la casa de mi tía que es hermosa y ella también necesita dinero, fíjate en los modelos de economía colaborativa – mis palabras salían sin pensarlo mucho – hay aplicaciones como CookApp, MeetUp, te voy a mandar todo, dile a mis hermanas que te ayuden -. Me cayó la ficha, yo que soy de la generación de los Millennial que no son nativos digitales (soy analógica-digital), he asistido plenamente a toda la transformación,  llevo en mi ADN el modelo de economía colaborativa, soy testigo y parte de una generación que intercambia bienes y servicios de otra manera, que está redefiniendo la forma de hacer negocios, y siento que me ha ayudado a crecer personal, intelectual y profesionalmente.

Hace más de diez años, cuando trabajaba con Carlos Sicilia un famoso escritor-comediante venezolano, se grabaron en mí unas palabras suyas: “De la crisis surge el humor, de la crisis surge la solución” frase que llevo tatuada en mi cotidianidad. Las crisis económicas, las altas tasas de desempleo y el cambio de hábitos de consumo, promueven una nueva forma de adquisición, de servicio y de intercambio, que vienen ligados a la transformación digital de la que somos protagonistas.

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Si hablamos de economía colaborativa, obviamente tenemos que mencionar a Uber. Hoy mientras leía mi dosis diaria de Bob Lefsetz el texto reflejaba los testimonios de varios usuarios de Uber en respuesta al texto My Uber Drive, pero no hablaban del servicio, tampoco lo calificaban, ni lo validaban con estrellas, o mejor dicho, sí lo hacían, pero la conversación calificaba y validaba el servicio desde el punto de vista de la oportunidad y de la humanidad.

“Soy conductora de Uber en Vermont, 65, mujer, tratando de pagar las facturas. Trabajé en el comercio minorista durante 30 años, (sin pensión por supuesto) y seguí trabajando así para Bed, Bath and Beyond, mi historia es similar, pero en el otro lado, trabajando en un mercado pequeño que he llegado a conocer a muchos de mis pasajeros, todos con historias similares. De todos modos, cuando la gente me pregunta acerca de Uber y por qué lo hago? Digo – porque estoy salvando vidas todos los días-.” Judy LaVigne

Quizás, sin ánimos de tocar puntos sensibles de ideologías políticas, sea esta la verdadera forma de construir sociedades donde la colaboración y la planificación colectiva es posible. Crear sistemas que motiven la capacidad de producir de manera sustentable, que le sigan dando paso a la creatividad como herramienta fundamental para que todos los individuos entendamos que tenemos la capacidad de transformar positivamente nuestro entorno, el mundo y por supuesto nuestras vidas. Lejos de todas las polémicas que producen, desde mi perspectiva estos modelos son una gran solución. Es el reflejo que nos muestra claramente que la aplicación de nuevas tecnologías hace posible establecer conexiones donde la opinión es el principal medidor.

Con una buena reputación tu edad, tu posición económica y tu educación académica no te condicionan. Pasa todo lo contrario, nos encontramos con anfitriones, conductores, personas que nos brindan un servicio y además pueden contarnos una historia estimulante sobre sus vidas.

El elitismo está pasado de moda, pertenece a otro plano, y estas nuevas formas de hacer negocios nos demuestra que todos los modelos económicos y sociales pueden cambiar; lo único que se mantiene estable, es que siempre estarán basados en un solo valor: la confianza.

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